28 de noviembre de 1659

Diego Velázquez es armado caballero de Santiago

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El 28 de noviembre de 1659, el Rey Felipe IV concedía a Diego de Silva el estatus de hidalgo, pudiendo así ser armado caballero de Santiago en el convento Corpus Christi de Madrid. Antes, fue necesario que el papa Alejandro VII dispensara a Velázquez de su no probada nobleza.

Durante los siglos XVI y XVII se produjo en España una extraordinaria eclosión de logros artísticos. La literatura, la pintura o la escultura dieron tal número de nombres ilustres que la época se conoce como el “Siglo de Oro”. 

De este momento se pueden destacar escritores como Cervantes, Quevedo, San Juan de la Cruz o Calderón de la Barca. También escultores como Gregorio Fernández, Alonso Cano o Berruguete. Entre los pintores están Zurbarán, Ribera o Murillo.

Pero quizá el artista que mejor representa esta edad dorada sea Diego Velázquez. Su obra, no muy numerosa, pero de una enorme calidad, permanece como una de las mayores cimas del arte pictórico universal. Todos conocemos Las meninas, la fragua de Vulcano, La Venus del espejo o Las hilanderas, obras maestras que siguen despertando la admiración de todo el que se acerca a contemplarlas.

Lo curioso es que Velázquez, al igual que sucedió con otros grandes artistas como, por ejemplo, Leonardo da Vinci, no se consideraba a sí mismo como pintor; al menos, no como pintor a tiempo completo o como ocupación principal y fuente de su sustento. Y eso a pesar de que había seguido la formación habitual de los pintores de su tiempo, sometida a la rígida estructura de los gremios, fuera de la cual era imposible ascender hasta obtener el reconocimiento como maestro.

La explicación a esta circunstancia hemos de buscarla en la organización social y económica de la época. La monarquía de los Austrias, surgida de la conquista del territorio a los musulmanes y de la unificación política de los reinos españoles, había dado lugar a una sociedad muy jerarquizada, con unas clases dirigentes que defendían sus propiedades y privilegios a través de una maraña de leyes basadas en los prejuicios sobre el origen religioso o económico de cada individuo. Así, para acceder a cualquier cargo público, o, simplemente, para poder ejercer un oficio, era preciso demostrar la llamada “limpieza de sangre”, es decir, que no se tenía entre los antepasados ninguna sombra de pertenencia a otra religión que no fuese la católica ni, por supuesto, a otra raza. 

La división social más evidente era la que existía entre los nobles y los plebeyos. Los nobles, en principio, son los descendientes de las familias que participaron en la Reconquista u otras grandes campañas militares, pero, con el tiempo, la condición nobiliaria se ha extendido. El rey y la familia real forman la cúspide del sistema nobiliario; luego vienen los Grandes de España, con sus enormes riquezas y señoríos; luego los condes o marqueses, y así va descendiendo hasta llegar a los caballeros e hidalgos. Ser noble garantiza derechos, como no pagar impuestos o tener ventajas ante la Ley, pero un hidalgo puede ser pobre, como se demuestra en la novela picaresca de la época.

Los plebeyos, que forman la inmensa mayoría de la población, tienen que trabajar y además deben pagar impuestos y sufrir las levas para el ejército. Aquí están los soldados, campesinos, artesanos, letrados o comerciantes, pero también los mendigos o los maleantes. Tienen muy difícil ascender hasta el grado de noble: generalmente solo lo consiguen a través de su valor en la guerra o de la carrera eclesiástica. Aún así, hay plebeyos que consiguen prosperar, como demuestra la figura del “labrador rico”, típica en el teatro de Calderón.

Otro requisito para ascender en la escala social era no ejercer ningún oficio manual. Los nobles o los hidalgos no podían trabajar con sus manos ni ejercer el comercio o la usura (el préstamo con interés). Velázquez era pintor de cámara del rey, pero también tenía otras muchas funciones en la corte, ya que ostentaba el título de aposentador: organizaba suministros, cuidaba del protocolo... El artista se veía a sí mismo como un alto funcionario, no como un simple artesano. 

La ambición de Velázquez era ingresar en la prestigiosa Orden de Santiago. Sus miembros se contaban entre la flor y nata de la realeza española, y los requisitos para acceder a la misma eran muy severos. Velázquez tuvo que demostrar no solo su limpieza de sangre, sino también que no había ejercido nunca un “oficio vil”, es decir, que no había trabajado con las manos. La pintura era considerada un oficio artesano, y hasta el rey mismo tuvo que atestiguar que el pintor no realizaba sus obras pictóricas por dinero, sino para complacer al monarca. Velázquez consiguió su propósito, como atestigua la gran cruz de Santiago que luce en Las meninas, que, dicho sea de paso, fue añadida con posterioridad a la finalización del cuadro.

 

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